#175. Forjando patria
Un paseo por las fotos de Dorian Ulises López Macías.
Estar en un país extranjero es como hablar en un idioma que uno no conoce bien: hasta lo más simple se vuelve un poco complicado, incluso si en el país de destino también se habla español. Una vez, una amiga muy hábil para los idiomas me dijo que era imposible no sentirse una versión disminuida de uno mismo cuando se intenta hablar en otra lengua. Esa es la sensación que me aparece cuando voy al supermercado o pido el menú en un restaurante y no entiendo la mitad de las cosas, a pesar de que esta es la quinta vez que estoy en la Ciudad de México. Esa misma amiga, que habla alemán perfecto y vivió dos años en Berlín, me dijo que incluso con el idioma y la ciudad ya incorporados, pasó esos meses con una sensación persistente de extrañamiento, como quien recorre un lugar familiar pero con cierta distancia.
Un hecho fortuito me trajo hasta esta ciudad y una serie de otros eventos igual de aleatorios me empujan a leer sobre su historia: caigo en una investigación sobre una muestra de 1921 llamada Exposición de Arte Popular Mexicano, inaugurada por el presidente Álvaro Obregón en pleno centenario de la independencia. El Estado revolucionario recién consolidado ensayaba su relato oficial a través de ese proyecto: una apuesta por convertir en emblema nacional los objetos producidos por campesinos, indígenas, mujeres y niños, las mismas poblaciones relegadas durante siglos y que habían puesto el cuerpo en la lucha armada. Sigo leyendo. La muestra viaja a Los Ángeles y a los años se organiza una exposición similar, titulada Mexican Arts, para exhibirse en el Metropolitan Museum de Nueva York, en 1929. En las salas del MET, compartían escenario las artes llamadas “populares” junto con obras de Diego Rivera y David Siqueiros. Esa segunda exposición fue un intento de convencer a Estados Unidos de que México también podía leerse en clave de orden y progreso: el arte como carta de presentación, o mejor, como una forma amable de negociar, después de las tensiones que generó, en el país vecino, la revolución mexicana con sus tiroteos.
Me sorprende la ingenuidad del gesto y también la fe depositada en las llamadas “artes populares mexicanas”. Me sorprende, sobre todo, lo aplanador del término: en las pocas fotos que circulan de aquellas exposiciones todo es lo mismo, no hay distinción entre lo que hace diferentes comunidades indígenas, o un campesino o un artista; la diversidad se diluye detrás de un ideal de nación. Es como en Argentina, cuando Leopoldo Lugones dijo, pocos años después del centenario de la Revolución de Mayo, que “lo argentino” era el gaucho Martín Fierro porque “expresa la vida heroica de la raza y su lucha por la libertad”. El problema no era la falta de imágenes sino la ansiedad por elegir una sola: un repertorio entero de vidas y culturas comprimido en vitrinas del MET o en un gaucho desertor de La Pampa húmeda. Una obsesión por crear identidades sin fisuras ni matices.
Entiendo lo del extrañamiento del que me habló mi amiga. Estoy y no estoy en este lugar. Miro todo con sorpresa. Lo más normal puede volverse estimulante, como entrar a un kiosco y descubrir sabores nuevos de papas fritas. La sensación es parecida a la de sacar fotos, una manera de devolverle algo de misterio a las cosas. Hay un resto en lo cotidiano que no termina de explicarse y, a veces, retratar lo que uno tiene alrededor es una forma de acercarse a eso. Visito la exposición Mexicano, de Dorian Ulises López Macías, con curaduría de Agustina Ferreyra Soteras en Bodega OMR, y descubro que las fotos de Dorian trabajan en esa zona: las personas retratadas pasan cerca suyo, no tienen nada extraordinario y, sin embargo, se ven espectaculares. Todos parecen algo más. Todos están a punto de ser otra cosa.
La fotografía llegó a Latinoamérica muy poco tiempo después de su invención en Europa y rápidamente se convirtió en un medio para acortar la distancia entre lo que los europeos imaginaban de la región y lo que realmente era. Hace unos meses escribí sobre el escándalo que generaron unas fotos tomadas en Lima y que no se ajustaban a la imagen que el Estado peruano quería proyectar en el viejo continente durante el siglo XIX. Más adelante, con la llegada de las cámaras portátiles, la fotografía se volvió un modo de registrar el paso de los días y, sobre todo, la vida íntima: una herramienta para construir archivos personales, para fijar la identidad de una ciudad, de una época o de una comunidad entera (un buen ejemplo es el Archivo de la Memoria Trans).
La gracia del archivo es la marca temporal: saber cuándo pasó qué cosa y quién estaba allí, para poder volver después a consultar el material. Las fotos de Dorian, en ese sentido, funcionan casi al revés. No hay marcas claras: esas personas podrían haber sido fotografiadas ayer o hace diez años. Sus identidades son tan misteriosas como el año en que fueron capturadas. Es como un antiarchivo. Como si se tratara de una contradicción, lo que aparece como una constante en estas fotos es el tiempo, el paso de las horas, la sucesión de escenas y situaciones que acontecen conforme pasan los días. Pero al ver las fotos ya no sé no sé si es hoy, ayer o mañana.
En un episodio del podcast Peligroso Pop, López Macías contó que empezó su trabajo como fotógrafo de moda con modelos de tez extremadamente blanca, recurriendo a los clichés de la moda, como usar modelos rusas. Cuando quiso trabajar con modelos mexicanas, ninguna marca hacía lugar a su demanda. No tienen por qué saberlo, pero cinco siglos atrás de esos pedidos no escuchados, nació Malintzin –también conocida como La Malinche– en la región del Golfo de México. Según las crónicas españolas de la época, fue vendida o entregada como esclava siendo niña, y hacia 1519 formaba parte de un grupo de mujeres que se le ofreció como tributo a Hernán Cortés, tras su derrota militar. Cortés la asignó inicialmente a uno de sus capitanes, pero cuando descubrieron que Malintzin hablaba tanto náhuatl como maya y que rápidamente había aprendido castellano, pasó a ser intérprete, consejera y compañera de Cortés. Los relatos dicen que tuvo un hijo con él, Martín, considerado simbólicamente el primer mestizo de la historia de México. Su papel en la Conquista fue determinante: tradujo negociaciones, alertó a Cortés de conspiraciones, medió entre mundos que no tenían lenguaje común. Sin ella, la alianza de Cortés con los tlaxcaltecas para derrotar a los aztecas habría sido mucho más difícil de conseguir.
Lo que vino después es, en muchos sentidos, más poderoso que los hechos. Desde el siglo XIX, el nacionalismo mexicano la convirtió en la traidora fundacional: la mujer que entregó a su pueblo al conquistador, la madre que engendró una nación marcada por la violencia y la vergüenza. De ahí deriva el término “malinchismo”: la preferencia por lo extranjero sobre lo propio, la traición a lo nacional, es decir, la preferencia de las modelos rusas por las modelos mexicanas. En los últimos años, la figura de La Malinche fue revisada. En un texto de Margo Glantz, Malintzin deja de ser un símbolo moral para convertirse en una figura atravesada por relaciones de poder, de lengua y de género: para la escritora no fue una traidora sino un instrumento usado por los españoles para garantizar su conquista.
La operación de López Macías podría leerse como un gesto antimalinchista, en un sentido estético: mirar hacia adentro y encontrar ahí algo que merece ser visto. Sin embargo, el propio Dorian señaló en aquella entrevista de Peligroso Pop que el malinchismo sigue arraigado en la cultura latinoamericana. Por ejemplo, un estudio de 2021 sobre la revista Eres (publicación mexicana mainstream, editada por Televisa) mostraba que el 81% de las imágenes incluían modelos blancos y el 84% eran delgados. Los números ordenan el paisaje: incluso cuando la mirada intenta correrse, hay unas imágenes fijas que siguen ahí, como un fondo que nunca termina de irse.
Sacar fotos, caminar distraído en una ciudad nueva, permite mirar sin saber del todo qué se está viendo. Las fotos de Dorian no explican ni clasifican, interrumpen el paisaje urbano. Detienen a alguien en una esquina y esa escena mínima –que hace un segundo no significaba nada– se vuelve opaca, imposible de agotar.
Las imágenes que encontré en Mexicano le devuelven a lo cotidiano una densidad que la costumbre había borrado. En ese gesto hay algo tonto e infantil y por eso encantador: la sospecha de que todavía es posible encontrar algo donde ya creíamos que no había nada. No se trata de qué cuerpos y pieles aparecen frente a la cámara, sino de la capacidad de verlos –o de encontrarlos– como si fuera la primera vez.
Las fotos no construyen un archivo, no corrigen una imagen, ni derriban un canon. Hacen algo más simple y más difícil: caminan, miran y, cada tanto, encuentran. Como si en cada calle hubiera un resto, un brillo, un posible tesoro, una idea nueva por pensar o una palabra por decir. Pasan los días y sigo sintiendo que muchas cosas de esta ciudad están ligeramente fuera de lugar: no porque efectivamente lo estén, sino porque todavía no aprendí a leerlas. Como si el mundo, incluso ahora donde todo está mediado y al alcance de dos clics, siguiera guardando un secreto.
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Glantz, M. (2001). La Malinche: la lengua en la mano. La Malinche, sus padres y sus hijos. México: Taurus, 91-113. Disponible acá.
Bellido Gant, M. L. (2002). Fotografía latinoamericana: identidad a través de la lente. Artigrama, 17, 113-126. Disponible acá.
Velázquez, M. (2010). Facturas y manufacturas de la identidad: el arte popular mexicano en 1921. Facturas y manufacturas de la identidad. Las artes populares en la modernidad Mexicana, exh. cat. Museo de Arte Moderno, Mexico City, Mexico City, 50-71. Disponible acá.
Figueroa, M. M. (2012). “Linda morenita”: El color de la piel, la belleza y la política del mestizaje en México. Entretextos. Disponible acá.
Velázquez, M. (2016). La construcción de un modelo de exhibición: Mexican Arts en el Metropolitan Museum of Art 1930. Dafne Cruz Porchini, Claudia Garay Molina y Mireida Velázquez Torres (coords.), Recuperación de la memoria histórica de exposiciones de arte mexicano (1930-1950), Universidad Nacional Autónoma de México. Disponible acá.
Tipa, Juris. (2020). Las prácticas corporales y el racismo colorista en el contexto mediático en México. Inter disciplina, 8(22), 113-135. Disponible acá.
Shea, L. (2022, 11 de agosto). The photographer of Mexican sex appeal and pathos. Aperture. Disponible acá.
Spinoso Arcocha, Rosa María, & Prado Becerra, Andrea. (2024). El malinchismo, una secuela de la Conquista de México. Relaciones. Estudios de historia y sociedad. Disponible acá.
Visité la exposición Mexicano, de Dorian Ulises López Macías,con curaduría de Agustina Ferreyra Soteras en Bodega OMR.
Volví a escuchar el episodio “Belleza prieta con Dorian Ulises López Macías” del podcast Peligroso pop.






Hermoso Ima!! Graciaaaaaaasssss!! ❤️
Me encanta leerte!