#68. Un lugar en donde atar la bici
Esta semana escribí sobre las bicicletas, un libro de PowerPaola, una muestra de Mildred Burton y Federico Klemm, un accidente que tuve de chico y el último libro de Larisa Cumin.
Semana de buen sueño. Largo, profundo y sin interrupciones. No tengo nada de que quejarme. Incluso llegué a quedarme dormido un día y casi no tomar un llamado importante que tenía agendado. Me gustaría poder inventar una receta, una serie de pasos a seguir, para poder perpetuar esta semana de éxito. Pienso en las cosas que hice estos últimos días y no encuentro nada que me explique, a ciencia cierta, por qué dormí bien. Tal vez sea sólo un golpe de suerte.
Andar en bicicleta transformó por completo la manera en la que veía Buenos Aires. Cuando recién me mudé me parecía una ciudad enorme, inabarcable y muchas veces hasta me daba miedo: prefería no tomar subte de noche, ni tampoco colectivos que no pararan sobre avenidas. El temor: que esa ciudad aparentemente inabarcable se transformara en una boca de lobo asesina.
No me gusta esperar, ni tampoco que mi movilidad dependa de terceros –en el fondo tengo un problema con el control–. Por eso pedí que me regalaran una bici. Mis tíos me dieron una que había sido de mi primo . No la usé mucho porque no me gustaba. A los pocos meses se la regalé a un compañero de la facultad, pero al tiempo de eso me mudé a un barrio lejos del centro y me di cuenta que perdía mucho tiempo viajando en colectivo así que decidí buscar una bici nueva.
A través de un grupo de Facebook llegué a un chico que vendía su bicicleta porque se iba a vivir a Francia. Año 2016. Era una bici, muy linda y muy rápida. Se la compré por mil pesos, que en ese entonces ya era poca plata. Desde ese momento nunca más dejé de andar en bici y esa bola de cemento inabarcable, Buenos Aires rufián, se transformó en un lugar pequeño, lleno de rutas que en no más de 30 minutos me podía transportar de una punta a la otra pedaleando a una buena velocidad. Buenos Aires para mi, ahora, es eso: una línea que se recorre en 30 minutos.
La semana pasada leí Todas las bicicletas que tuve, el último libro PowerPaola. En él, la artista cuenta la historia de todas sus bicis, pero también de algunas relaciones que fueron apareciendo: amistades, amores, familiares. Como dice Carolina Sanín en la contratapa: es un libro sobre el desplazamiento y el amor.
PowerPaola no solo dibuja muy bien, sino que también es una excelente escritora. Algunas partes del libro parecen pequeños ensayos ilustrados:
Con la bici lográs conocer las ciudades que habitás. Perderte es una aventura, que cuando lográs encontrar la salida se vuelve una victoria solitaria. Pasa igual cuando se te pincha a mitad de la noche y caminas con ella por horas hasta llegar a tu casa.

Hace un par de semanas inauguró una muestra con obras de Mildred Burton y Federico Klemm. El título de la exhibición es El cisne en llamas y se mete con la historia de la amistad entre estos dos personajes. Todo en la sala es bastante delirante y muchas piezas las hicieron juntos, colaborando el uno con el otro. Hay grandes pinturas para techo, una serie de imágenes del departamento de Federico intervenidas por Burton y un retrato que Klemm le hizo a ella –de ahí surge el título de la muestra–.
El punto en donde estos dos se encuentran es en la fantasía del cuerpo: en las obras de Burton y de Klemm los cuerpos se deforman –o transforman– para crear una imagen fantástica. Es eso, la necesidad de intervenir el mundo real con la imaginación, lo que unía a estas dos personas: la incapacidad de aceptar las imágenes de la realidad tal cual eran.
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La primera vez que presencié una emergencia fue sobre mi propio cuerpo, a los cuatro años. No entendía el significado en sí de la palabra “emergencia”, pero sí entendía su sensación. Hay palabras que no conocemos, que no las entendemos, pero que sí las sentimos. No hay una definición certera de “amor”, pero creemos entender cómo se siente.
Mi yo de cuatro años no entendía el concepto de “emergencia”, pero sí sabía que caerse de la bici, clavarse un freno en el labio, tener un tajo por ese golpe y la cara llena de sangre era algo que tenía que atenderse rápido porque era “una emergencia”.
De ahí me llevaron al mini hospital de Playa Unión. Yo lloraba sin parar, pero en unos pocos minutos estaba ya tranquilo, en el auto de mis viejos, yendo a tomar un helado y con un hilo que me salía de la mitad de la cara: me habían hecho cuatro puntos.
Siempre me interesan y me atrapan las historias que suceden en pueblos. Imagino que me genera empatía ese otro tiempo, la lentitud con la que se mueven los mundos de esos lugares que nunca son inabarcables, por haber crecido en un lugar chico.
Descubrí que Larisa Cumin pudo registrar esa temporalidad en El magún, un libro que acaba de salir por Rosa Iceberg. Es una novela contada en capítulos breves, como poemas en prosa. El universo que despliega es increíble: aparece la difunta correa, un padre albañil que con los mismos materiales hace casas y tumbas, el libro de Doña Petrona e iguanas que se transportan en canastos de bicicletas.
En el medio de todo eso aparece este poema:
¿Cuánto podés aguantar? La lágrima, ¿cuánto?
Y abajo del agua ¿cuánto aguantás?
¿Cuánto aguantaste?
¿Cuánto aguanto yo sin llorar?
¿Y tu viejo, sin prenderse el siguiente pucho?
¿Cuánto podes aguantar?
¿Cuánto aguanta Claudia tirada al sol?
¿Cuánto pudiste?
¿Tres horas? ¿Días? ¿La vida entera?
¿Cuántas lágrimas no largaste?
¿Cuánto aguantaron los pulmones de tu viejo?
Y el corazón, ¿cuánto aguanta? ¿Cuándo dice basta?
¿Cuánto, después de darte cuenta?
¿Cuánto tu vieja sin putearlo?
¿Cuánto tiempo podés quedarte en ese pueblo ahora?
¿Cuánto aguantaste antes de irte?
¿Lo planeaste? ¿Lo pensaste mucho?
Hay cosas que no se piensan. Se saben.
Vos no llorás nunca, ¿o casi nunca?
Nunca delante de la gente.
Menos por gente como esa.
¿Cuánto podés aguantar?
Un día supiste que tenías que irte.
Se lo dijiste a Claudia.
Pero hay lugares de los que no se sale:
se escapa.
A la bicicleta verde que compré a mil pesos la vendí en la cuarentena de 2020. La compró un chico venezolano que acababa de llegar a la Argentina y necesitaba una bici rápida: iba a empezar a ser repartidor de Rappi. Unos meses después, mandé a hacer una bici nueva con una bicicletera muy simpática. Esa fue la primera bici que sí sentí propia. Había algo con las anteriores que no me terminaba de convencer, como si nunca me terminaran de pertenecer.
La de ahora es negra, con las ruedas amarillas y el manubrio plateado, de aluminio. Para mi es la bici más hermosa de la ciudad y me gusta que la haya hecho una chica. También para mi, “Desarma y sangra” es una de las canciones más lindas que se compusieron y está en un disco que se llama Bicicleta.
Es tan absurdo seguir con la procrastinación. Me retiro del amor.






